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...EL MUNDO HA DE CAMBIAR DE BASE. LOS NADA DE HOY TODO HAN DE SER " ( La Internacional) _________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________

5/8/21

¿POR QUÉ SOMOS COMUNISTAS?

 





RECOMENDADO



Por Miguel Angel Domenech

 


Cuando contemplamos nuestros proyectos de vida y queremos que esa vida haya de ser guiada rectamente con arreglo a la razón y al conocimiento nos encontramos necesariamente la pregunta de ¿por qué?. ¿Porqué optamos por ese camino que nos hemos dado? Todo asunto relevante para nuestro proyecto existencial se ve necesitado de su justificación racional desde la conciencia propia y ante los demás. Siempre hallamos  en el camino a Tebas  la esfinge que como a Edipo, nos lanza la pregunta en que está en juego  si no la vida del viajero  al menos si la racionalidad  deliberada. Vida sin deliberación no merece la pena vivirse. Efectivamente, la esfinge nos retira la vida no solamente cuando no  respondemos sino también cuando no la ponemos interrogándonos.

Entre los comunistas se nos añade una exigencia suplementaria. A ese ¿porqué soy? no le basta  apelar únicamente a la conciencia y al fuero interno sino que necesita de otra más amplia formulación ¿Por qué  somos? A los comunistas no nos puede satisfacer ni el interrogante  dirigido   a la conciencia individual ni la  respuesta del arbitrio personal  o de  una  Razón trascendente  sino las razones que nos damos y nos comunicamos  unos a otros. Atendemos así al mundo  común que con ellas, las razones que se dan y se reciben,  nos construimos a nosotros mismos  y  al mundo humano que compartimos. Un mundo hecho de lenguaje que quiere ser un hogar común. No pueden darse razones en soledad y el conocimiento privado no es ninguna clase de conocimiento. De la misma manera no se puede ser libre solo. Los comunistas siempre hemos de ser un nosotros. Lo que realmente nos hace ser es la relación. Solo se es humano en la medida en que somos humanos con otros. Nuestra libertad  no es una soberanía únicamente limitada por la libertad de los otros sino  que nuestra libertad comienza cuando empieza la de los demás. No hay manera de plantearse ¿por que soy? sin decirlo, esto es, sin participarlo a los otros, de manera que siempre desemboca en ¿Porqué somos? Un cogito plural nos dice   un Faktum no de Razón  sino  de razones, de hablas, y de espacios comunes donde ese habla se da como proposición  con la finalidad de ser escuchada y apelando al asentimiento y la adhesión para que resulte un común. No es únicamente para los comunistas el kantiano  cielo estrellado  sobre mi cabeza” y  la conciencia moral dentro de mi”.  Ambas cosas, la moralidad y el conocimiento,  están en el nosotros.   

Esta larga justificación del uso del plural en el  titulo mismo de este artículo no ha sido ociosa ya que nos sitúa en  el contexto  de reflexión del que partimos los comunistas.   Esta primera  reflexión nos conduce a lo  que  es la antropología comunista y que al mismo tiempo lo fue  de la antigüedad ilustrada  clásica: solo en la polis se hace el hombre bueno y feliz. Somos comunistas porque creemos que solo devenimos humanos cuando estamos con otros construyendo un mundo común.

En asuntos de reflexión, los filólogos, nuestros amigos  como amantes del logos, es decir de la palabra comunicada, nos enseñan la etimología del término  comunismo. El término procede de la raíz latina munus que se refiere a la vez a obligación, carga y a don, regalo. El munus es un deber, una tarea. Por otro lado, significa una entrega, un servicio. Sus derivaciones siguen enriqueciendo estos significados por cuanto munere, es  remunerar, premiar, retribuir  y muneratio,   generosidad. La communio, ya muy cerca de la propia noción de comunista, es el hecho de compartir esos deberes, dones y servicios mutuos. Communis es  lo que pertenece a todos y se construye  compartiendo el deber con la entrega y labor de todos. No muy lejos de esta construcción originada en el don esta el mismo fonema de moena : los  muros, la  muralla, lo que define la ciudad y la protege. Todo ello evoca el significado de una alianza  entre las instituciones morales del don y de la cooperación en el deber que es propio  de una universalidad del común sin exclusiones ni exclusividades.

 Los comunistas somos de ese mundo moral y social. Nuestra sociedad no procede de competencia, lucro y prerrogativa sino de mutuo compromiso y obligación compartida y acordada.  No es la ley del más fuerte sino la ley de todos.  Esto no quiere decir  pacífico consenso, pues, en efecto, el eco de la muralla, la moena, nos recuerda que a veces no es pacíficamente como se construyen las ciudades y los lugares donde ha de habitar la comunidad deben de tener en cuenta  a  los enemigos del común, los privilegiados.


Los comunistas  consideramos, por experiencia milenaria, que hay instituciones, como la propiedad  cuyo ejercicio  puede alcanzar formas  y grados que entrañan dominio de unos seres humanos sobre otros y que funcionan como explotación y aprovechamiento de los que unos pocos se lucran a expensas de la servidumbre de los otros. Siendo la única subordinación legitima sin sumisión aquella a los que todos nos sometemos a nosotros mismos, esas formas de propiedad no pueden quedar en manos privadas sino en las de todos porque se trata   en realidad de un gobierno y mando sobre las voluntades, obligación que solo es tal  si proviene de la voluntad general generada en asociación republicana del común. Esa propiedad, susceptible de ser  arma de dominación no puede ser privada sino siempre pública, de todos, sea  cual sea la forma que haya  adoptado  y adoptará  circunstancial e históricamente: la tierra, los recursos naturales, la energía,  los medios de producción, el dinero y la deuda, el crédito  y  la finanza, etc. Este criterio  ha sido causa del terror que los comunistas hemos despertado en los propietarios explotadores hasta el punto que se nos identifica  con intención reductiva a los comunistas como los enemigos de la propiedad privada libre.  Propiedad y libertad están relacionadas, en efecto, pero  debe ser  la libertad la que ordena la propiedad y no a la inversa. En materia de orden, como en todo donde está en juego las relaciones normativas, en nuestra Grándola comunista,  es  el pueblo el que mas ordena”. Somos comunistas porque recuperamos para la propiedad su condición de ejercicio  en libertad y no su  status de instrumento de  dominación.

Como comunistas juzgamos que el   capitalismo  no es otra cosa sino  una descomunal organización del egoísmo que toma  como criterio  de rango la capacidad para hacer dinero y enriquecerse a toda costa incluyendo la explotación y aprovechamiento de los semejantes y reduciendo las aspiraciones humanas a homo economicus solo atento a las mas bajas pasiones  del lucro y aprovechamiento de todo y de todos. Precisamente nuestra experiencia de sufrimiento de la necesidad nos ha hecho saber  con orgullo altivo,  la dignidad de nuestra humanidad como constructores  autónomos de un mundo ético que dicta incluso desde  lo que deba ser o no ser necesario y  productivo  hasta lo que deba ser justo y bueno, en la cultura del apoyo mutuo y el don. Esta vivencia  nos enseña  que nuestra identidad  como actores  colectivos  de  nuestra emancipación no se agota en nuestra  posición en las relaciones de producción ni en una única o  última instancia de la necesidad  ni de la producción ni de  la reproducción ,sino  en el sentido y significado que damos a nuestras vidas y de la propia creación de nuestro  mundo común  que se construye como fuerza simbólica, cultural , moral y con   el lenguaje. Con estas armas, los comunistas  hemos puesto la fuente de la moralidad  no en la necesidad sino en la libertad. Con estas armas los comunistas sabemos que solo los desposeídos nos liberamos a nosotros mismos de todas las necesidades  y dominaciones impuestas por cielos,  dioses, reyes, o tribunos salvadores. Los comunistas compartimos con la Ilustración  el principio de que la humanidad  solo puede servirse de si misma y que depende nada más que de si… y nada menos.


En la propia emancipación y la conciencia generada en el empeño por conseguirla nos construimos como comunidad activa y política  siendo esta labor constante e inacabada. Los comunistas sabemos que no es una labor de cumplimento de un ideal a traer a esta tierra sino a ir definiendo en la propia lucha de emancipación. Por eso, los comunistas no tenemos ninguna anticipación doctrinaria o fantasiosa de lo que  deba hacerse. No porque haya un sentido necesario que haya de cumplir  la historia sino porque lo que haya de hacerse en cada momento es lo que el pueblo acuerde. El gobierno  que proponemos los comunistas es el de que  la voluntad popular sea gobierno. El comunismo ha sido presentado por las oligarquías dominantes como lo opuesto a democracia. Los comunistas, al contrario, somos los radicalizadores de la democracia .Solo tenemos por voluntad popular la emancipada de toda   dominación e intermediación previa a su expresión. Esta voluntad común  ha sido llamado “terror” por las oligarquías. No nos basta la urna electoral que señale a quienes  nos gobiernen queremos más, queremos gobernarnos. A los anticomunistas les aterra la democracia porque tiene la potencialidad  de emancipar al mismo tiempo que se practica. 

Creemos, también por habérsenos dado en la experiencia, que tal empeño no consiste en piadosos deseos de transformación de las almas, sino que debe de resolverse en un conflicto siempre existente entre dominadores y dominados, entre pobres y ricos, éstos  queriendo dominar, aquellos  no ser dominados. La multitud desata su violencia legítimamente para librarse  de aquellos que mantienen una  violencia tenaz y persistente contra los muchos,  y contra el bien común.  Buena parte de la identidad de las clases subordinadas se ha construido con la conciencia y experiencia que se ilustra en la sentencia espontánea  de que todo rico es un ladrón o heredero de ladrón y que  todo rico es un vecino peligroso para cada uno y para  la república.

En muchos casos estas propuestas  del común se han logrado y forman parte de lo mejor de nuestro patrimonio político actual que sin aquellas no existiría hoy.  Son incontables  las instituciones sociales y políticas de las que  nos sentimos orgullosos  y gozamos hoy  que han sido inevitablemente  calificadas  en su día  no solo de utopías sino de  ignorantes  y despreciables reclamaciones del vulgo común, imposibles y propias  de gentes  de baja condición . A ellos debían de añadirse  otros perversos productos  y márgenes de los mismos: agitadores  y  gentes sin  Dios, sin ley ni ley. Todos ellos compartían el mismo calificativo central de igualdad y de sola posesión de un bajo oficio pero ricos en  comunidad y  hermandad,  en todas sus declinaciones: los ciompi, diggers y levellers,  , remensas y jacqueries, irmandiños, comuneros, agermanados,  comunidades del mar,  sans culottes, communards, comunistas,…

En otros casos si no lograron el objetivo, lograron la dignidad de empeñarse en buscarlo. Porque en efecto,  no solo se rebelan los pueblos que esperan  lograr algo sino que  la propia dignidad de la lucha de la rebelión  por conseguirla es también un éxito. En otros casos, la herencia de la rebelión  frustrada nos habla de que  la justicia  no se remite al mundo celestial  más allá sino al juicio posterior de la memoria que hará perdurar en una inmortalidad en este mundo entre los recuerdos que el común tiene públicamente por nobles. Otros, reclamaran  en permanencia una redención siendo las generaciones posteriores a las que nos incumbe la recuperación  mesiánica de las causas que  los justos  perdieron , como señala  W. Benjamin, restableciendo la justicia que se les arrebató

Éxitos, memorias y propuestas, son  acervo de un  patrimonio real, institucional  y  moral que  en   parte  heredamos  y por  otra parte proponemos. Todo  ello  son las costumbres en común populares, el soporte moral e ideológico que servirá permanentemente  para aspirar a   la construcción de una sociedad comunista. Los comunistas somos los herederos  de los movimientos ancestrales que han construido  toda la articulación ideológica y moral que reclama la forma de convivir en libertad. Esa  herencia es el verdadero  “comunismo real”  por cuanto existe y ha existido siempre.


Los comunistas tenemos una tradición que no hemos dejado en manos de los tradicionalistas. No es la tradición de estos últimos, la de los vencedores, sino la tradición  de lo que  históricamente ha sido vivido como institución justa   pero olvidada. Es este el comunismo real que constituía  la posesión de los recursos básicos. La tierra misma pertenecía a la comunidad, siendo  la polis, la que tenía la facultad de dar, quitar y y repartir desde que se fundaba como ciudad y no era de justicia sino de barbarie  el principio de acaparamiento por el mas fuerte. Las fuentes, pozos, lagos,  ríos y  aguas, mares, bosques, pastos, dehesas, montes, leñas, caza, pesca,.. siempre fueron ancestralmente en la práctica, bienes comunales y   de todos, no apropiables  privadamente sino  con injusticia. Los cerramientos, cercados y privatizaciones de estos bienes  por los señores contra aquel común de aprovechamientos son una práctica  reciente en términos históricos contra lo que era justo y  contra la institución económica habitualmente  comunista.  Privatización bárbara   no practicada   además en otras culturas no occidentales ni anteriores, varias veces más milenarias que el actual y provisional capitalismo. El comunismo no es una idea platónica,  no somos comunistas porque  haya de hacer descender  del cielo de las Ideas a la tierra en un terreno utópico del horizonte nunca existente.  Los comunistas  mostramos que siempre en la historia en Europa y más allá de ella   ha habido, en lo que a organización social y práctica económica se refiere,  propiedades y bienes, zonas mayoritarias de propiedad comunal o comunista. El acceso libre a estos bienes ha sido el fundamento de la independencia material de los plebeyos y su forma de vida habitual. Precisamente la defensa de estos bienes frente a las ambiciones de los poderosos por clausurar este régimen ancestral civilizatorio ha atravesado las luchas de clases en la Edad Media y Moderna. La reivindicación expresada en el siglo XIII,  la misma Carta magna, en tanto que al mismo tiempo Carta del Bosque del Común y la reivindicación de la economía política popular de Robespìerre en el XVIII, o la demandada Reforma Agraria  y ocupación de tierras por los extremeños en la II Republica  española  son otras tantas  muestras de la lucha por  estas instituciones reales y morales en las que ha vivido la plebe.  Aquella plebe de expulsados de su economía comunal, y aquella forma institucional comunista de organización económica, fue expropiada  para la realización forzada y violenta de la aberrante  utopía capitalista del laissez faire. Junto a ella, el absolutismo soberano de la  propiedad  privada,  es el origen de la barbarie  de desigualdad en que vivimos.

Al mismo tiempo que esas exclusiones expropiatorias se han llevado a cabo, otra expropiación de lo popular común se ha activado siempre por parte de las clases poderosas aunque  con dificultades por la resistencia misma que  los comunistas oponemos. Esta expropiación consiste en  la expulsión de la vida política  de una  reivindicación que ha sido identificada  con diversos nombres: “economía política popular”, “economía moral de la multitud”. Se trata de  la convicción común  ancestral de que es la equidad, el criterio  de lo  justo y lo bueno, lo que debe regular las relaciones de trabajo, de subsistencia, de intercambio, la economía en su totalidad. La economía, de la misma manera que todo  lo humano,  es una actividad  relacional, y debe de estar sujeta a  normas que forman parte de todas  aquellas que   deliberadamente nos damos a nosotros  mismos para poder llamarnos libres y no dejadas a la brutalidad de la fuerza y la traición de la astucia. La economía es cosa de todos, asunto  de la republica  y debe de estar sujeta a normas políticas y morales.

Estas dos instituciones, la de  la economía moral de la multitud  y las formas  comunales han sido la vivencia social, cultural real y permanente del común y no un sueño de sectas obreras, milenarismos o turbas primitivas a las que ha querido reducirse la reflexión, juicio y determinación  de los levantamientos   comunistas. Los comunistas, en tanto que socialistas genuinos, no vemos esto como utopía sino como sabiduría de la experiencia. No lo consideramos pretenciosamente   como ciencia sino como conciencia

La convergencia de los fines comunistas de radicalidad democrática, igualitaria, dicta la naturaleza de los medios para su consecución. Tal como es la  dignidad de los fines así debe de ser la de los medios, y no que éstos abandonen esas exigencias morales en nombre de una supuesta eficacia que dictaría suspenderlos en la práctica política. La emancipación  de las clases subalternas tiene que ser obra de ellas mismas y la definición de la libertad como  compromiso  activo con lo común impide que  pueda delegarse  ese ejercicio en otros que se ocupen de ella en nuestro nombre. La emancipación por nosotros mismos impide que el “nosotros” decisivamente  comunista sean “ ellos” , representantes que nos sustituyen en el gobierno y en el lugar de las decisiones y su ejecución. Lamentablemente  esto no se tiene en cuenta en la practica política de nuestra días porque ha sido  interesadamente abolida por los poderes facticos que han creado una cultura  de renuncia y de cesión de nuestro autogobierno en intermediarios que se estima con una  capacidad que la plebe no tiene. Es una nueva expropiación que sufren los subalternos, la de la dignidad que se les niega de poder realizar sus propios fines que deben ser siempre confiados a otros. Elegir a los que han de mandarnos no es mandarnos a nosotros mismos. . Los comunistas no somos el Estado - congregación de representantes  selectos en tanto que electos- sino la Res Pública: la totalidad inmediata y no discriminadora  de los  que, deliberan, acuerdan y deciden.

En este marco conceptual comunista, las elecciones no son nunca una solución sino que son parte del problema. La insistencia en la urna y el voto, en la delegación, es una persistencia suicida  en cavar con entusiasmo para socavar el principio mismo comunista de que  es “ el pueblo el que más ordena”. Ese cavar y socavar  la perdición propia es la fuente de las peores frustraciones, cada vez mas profundas – como un agujero cavado sin cesar- y más frecuentes. La orden  popular- ejercicio de su capacidad propia- no nos dice elegir a nuestros reyes sino que no los haya. Los comunistas no  operamos  con  representantes sino con mandatarios, revocables, rotados, agrupados en consejos colectivos, de corto mandato, rindiendo cuentas políticas permanentes sobre  el mandato recibido, sorteados, con incompatibilidad de repetición o  acumulación de cargo  y compartiendo  vivencialmente  la condición material de la plebe que les manda.

El comunismo, tanto con su propuesta  como en la práctica histórica y sus razones,  es el lugar de los “parias de la tierra”. El comunismo es el reconocimiento de una legión “famélica” cuya hambre de vida digna nunca ha sido satisfecha salvo en excepcionales momentos de la historia. Famélica legión en su literalidad material  en casi la mitad de la humanidad, famélica de dignidad por  apartamiento del autogobierno y las decisiones públicas de casi la otra mitad por via de una parodia de democracia,  nunca realmente  deseada como gobierno del común plebeyo,  limitándola  a voto y urna, representante y tribuno. Dignidad expropiada al  ser  sustituida la conciencia y voluntad popular por una voluntad y  supuesta  ciencia de los electos y enajenada en un cuerpo ajeno al pueblo y absoluto rey: el Estado.



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