"

"
...EL MUNDO HA DE CAMBIAR DE BASE. LOS NADA DE HOY TODO HAN DE SER " ( La Internacional) _________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________

15/6/20

ONCE TESIS SOBRE HANNAH ARENDT





Por Paolo Flores d´Arcaes (*)



TESIS 1 Hannah Arendt comprendió su tiempo mejor que ningún otro filósofo porque lo concibió como un problema político. Es más, como el problema de la ausencia de la política, y sobre todo de la represión política y filosófica (en sentido freudiano) de dicha ausencia. “El interés por la política se ha convertido en una cuestión de vida o muerte para la filosofía misma” [“Concern with politics has become a life-or-death matter for philosophy itself”] (1954).

Hannah Arendt comprendió su tiempo como nadie (salvo quizá su primer marido, Gunther Anders, con quien el pensamiento de ella está más en deuda de lo que se dice) porque lo concibió como huida de la libertad, miedo a la libertad, manipulación de la libertad incluso allí donde más se habla de libertad. La libertad, no obstante, en el sentido exigente y coherente de poder-de-cada-uno. Pero su tiempo es más que nunca el nuestro. El tiempo de la sustracción de la esfera pública, de la ciudadanía prometida y después privada. Por ello el pensamiento de Hannah Arendt resulta más que actual. Es más, su filosofía se anuncia cada vez más como una filosofía del futuro. No sólo porque concibe la crisis de la democracia liberal y el riesgo permanente del totalitarismo dentro de la democracia liberal como el problema filosófico por excelencia, que nuestro tiempo se obstina en eludir. Sino también porque, contra esa represión, ella adelanta el proyecto de un pensamiento rigurosamente antimetafísico, hoy desgraciadamente ausente. Pero este proyecto de filosofía del futuro está cada vez más expuesta al riesgo de la neutralización académica. Del embalsamamiento. De convertirse en objeto de erudición, en vez de en horizonte y en alimento de una filosofía de lo finito urgente y ausente.


 TESIS 2 El prestigio de Hannah Arendt, hoy sospechosamente abrumador, se basa en un equívoco. Todo el mundo reconoce que ella ha pensado su tiempo precisamente porque ha pensado el totalitarismo. Pero el siglo XX ha sido, en dos asaltos y haciendo balance, el siglo de la derrota y del fracaso de los totalitarismos. Si el análisis de los totalitarismos fuese el corazón y el mayor mérito de su trabajo, la filosofía de Hannah Arendt nos estaría hablando de un problema del pasado. Y no es todo. Otros han analizado mejor que ella aspectos importantes de los mecanismos y de las estructuras totalitarias.

 Si Hannah Arendt sigue siendo más actual que nunca es, en cambio, porque ha pensado en los orígenes del totalitarismo, es decir, los elementos de la tradición y de la política occidentales que, al cristalizar, precipitaron en totalitarismo. Y pueden volver a hacerlo.

 Ha pensado en el lado oscuro de nuestra civilización liberal, que la acompaña como una sombra y que puede precipitar en totalitarismo: el eclipse permanente en ella, aunque con amplitud variable, de la libertad de todos y cada uno, del poder como libertad y de la libertad como poder. Es decir, la negación, en la práctica del gobierno, de los valores solemnemente bordados en las constituciones.

Y sobre todo: Hannah Arendt ha recalcado y radicalizado la respuesta a esa pregunta en medio del temporal anticomunista del macartysmo, cuando la pregunta quedaba reprimida, al identificarse el totalitarismo con el comunismo y el anticomunismo con la libertad.

 Porque ése es el problema de nuestro futuro: el enemigo de las libertades que palpita dentro de nosotros, el riesgo de totalitarismo que se acumula en el eclipse de las democracias liberales, en la hipocresía del establishment que pisotea sus principios.

 El terrorismo es efectivamente un enemigo de la libertad obvio y visible, mejor dicho, deslumbrante, pero está siendo utilizado –práctica y filosóficamente– precisamente para reprimir de forma aún más abismal la cuestión planteada por Hannah Arendt (y su solución).

TESIS 3 Hannah Arendt, desde una posición no marxista, es más, radicalmente crítica con el marxismo, demuestra que el libre mercado no constituye un baluarte de las libertades. Que el homo economicus respecto a las libertades es, como mucho, indiferente. Hannah Arendt lanza el anatema contra el buen padre de familia, ese héroe epónimo de todos los políticos conservadores (y no sólo de ellos), juzgándolo “el criminal del siglo XX”. Criminal, porque antepone la pasión del bienestar privado al interés por la cosa pública.

 Para Hannah Arendt, por tanto, la competencia del mercado, la insociable sociabilidad de la que habla Kant, no garantiza ninguna libertad.

De hecho, la libertad es autonomía. No tener que obedecer a un nomos eteros. Crear la norma a partir de uno mismo. Esta autonomía, este crear-nomos-a-partir-de-uno mismo, para Hannah se da sólo en la acción. Y la acción, que es siempre plural, puede tener lugar sólo en la esfera pública.

 En la esfera privada de las transacciones, de hecho, se da sólo competencia y conflicto entre súbditos de la necesidad técnica (en sentido amplio). Tener éxito en el mercado significa obedecer de forma más eficaz a la lógica (heterónoma) que lo rige. Un gran directivo puede ser “creativo” sólo en la invención de nuevos modos de plegarse a la ley del beneficio. Pero no puede reemplazar esa ley, so pena de quiebra. Y nadie se pondría en las manos de un cirujano que fuese autónomo de las limitaciones técnicas de los instrumentos que utiliza.

 Por lo tanto los intereses privados lo son también en el sentido privativo del término, por lo que dentro de la esfera económi ca falta estructuralmente la posibilidad de alcanzar la libertad, y con ello la auténtica singularidad de una existencia irrepetible. La propiedad privada, el mercado y el capital no defienden la libertad. Y hoy menos que nunca, en la época de las multinacionales y de la globalización. Para quien, en contra de Hannah Arendt, se obstinase en cegueras de liberalismo económico, China docet: el más gigantesco totalitarismo aún vigente está haciendo pedazos a todos los competidores en el campo de los espíritus animales capitalistas.

 TESIS 4 La esfera pública, para ser un lugar de acción y por tanto de autonomía, debe ser un espacio público simétrico. De igualdad en ser escuchados. Para que el nomos sea realmente autos, tiene que nacer de todos y cada uno. Una igualdad tal en la pluralidad no puede sacrificarse en aras de ningún fin, o en nombre de la eficacia de la acción, sin que se pierda la acción misma. Hannah Arendt es taxativa: una estructura jerárquica, de obediencias, es incompatible con la acción, incluso aunque demostrase ser más eficaz contra un poder opresor. Porque no puede producir libertad sino una nueva opresión. De hecho, ya es heteronomía. Camus lo habría suscrito: “¿El fin justifica los medios? Puede ser. ¿Pero qué justificará el fin? La insurrección contesta: los medios” (Essais, La Pléiade-Gallimard, París 1965, p. 696).

He aquí porqué la heroína de la emancipación del proletariado es Rosa Luxemburgo, en contra de Lenin. He aquí porqué los consejos obreros de la revolución húngara del 56 constituyen para Hannah Arendt el último gran episodio de acción en sentido estricto.

 He aquí porqué una democracia donde la política se ha convertido en monopolio de “profesionales” de la cosa pública constituye un eclipse de las libertades y nunca su organización más funcional, por muy democráticos que sean los procedimientos electorales. Efectivamente, si la política se convierte en una profesión se transforma en una esfera privada como las demás, y cuantos la practican tendrán que plegarse a los imperativos de su correspondiente techné (lógica de aparato, de recaudación de fondos, de manipulación televisiva, etc.). So pena de marginación. La ocupación de la política por parte de profesionales hace privada la esfera pública, es decir, hurtada a los ciudadanos. Por ello Hannah Arendt rechaza categóricamente las sirenas del realismo político con que se pretende santificar esa renuncia a la libertad, ese adiós a la autonomía.

TESIS 5 En el totalitarismo “cada persona queda reducida a una inmutable identidad de reacciones, de forma que cada uno de esos flujos pueda ser sustituido por cualquier otro. Se trata de fabricar algo que no existe, es decir, un tipo de hombre parecido a los animales, cuya única libertad consistiría en preservar la especie”. Ésta es la conclusión de su obra más famosa.

En un extremo, el individuo irrepetible, la existencia auténtica que todos nosotros podemos ser, el poder como libertad condividida que puede darse sólo en la acción, en la vida pública, por tanto. En el otro extremo, el replicante, la privación total de la singularidad en el automatismo instintivo de la necesidad, a través de la aniquilación de la esfera pública.

Por tanto, allí donde la necesidad elimine sin más la autonomía, el totalitarismo está celebrando su fiesta. Por ello podrá existir un totalitarismo incluso con nuevas formas, a condición de que el producto so cial sea el replicante, el automatismo instintivo de la obediencia instantánea, ciega, absoluta. La conducta uni-forme. El totalitarismo es la destrucción total de la autonomía. Pero lo contrario de la autonomía es el conforme. El totalitarismo es sólo el triunfo total del conforme.

 El totalitarismo es sólo el hybris omnipropagador del conforme. Toda democracia lleva dentro de sí el riesgo del totalitarismo a través del crecimiento desmedido del conforme que siempre habita en ella. El conformismo es el caldo de cultivo, el laboratorio de elección y el máximo probabilístico de la cristalización totalitaria.

 La tasa de conformes es el indicador fundamental para medir el riesgo de caída en el totalitarismo de una determinada sociedad democrática liberal. Por ello, la democracia es también el voto igual, libre y secreto, y antes aún la división de los poderes y su limitación mutua, pero después, y más esencialmente, es la práctica que mantiene a raya y reduce el conformismo.

TESIS 6 Para Hannah Arendt el mal radical coincide con la banalidad del mal. El buen padre de familia es el criminal del siglo XX. El mal es el conformismo. Una democracia que no se enfrente cotidianamente a esa raíz del totalitarismo está amenazando la libertad y minándose a sí misma.

 La defensa de la libertad exige, por tanto, una penalización de cualquier forma de conformismo, unas políticas de gobierno que luchen contra todo tipo de masificación y que premien los comportamientos y las preferencias que se sustraigan a la masificación. Incluso la condición mínima de democracia, sobre la que existe hoy un consenso universal, “una cabeza, un voto”, es más exigente de lo que se pueda imaginar. El voto igual y secreto es también libre, en sentido arendtiano, sólo si es un voto autónomo. Las precondiciones sociales y culturales de la autonomía –de todos y cada uno– son por tanto las condiciones irrenunciables para que “una cabeza, un voto” no se convierta en un vacío simulacro. Culturales: una educación que permita elegir con conocimiento de causa en las decisiones políticas (y por lo tanto bastante más allá de la enseñanza obligatoria) e información (hoy televisiva) verdadera e imparcial que proporcione los elementos objetivos para llevar a cabo esa elección.

 Sociales: sabemos que dondequiera que domine la necesidad de la privación, según Hannah Arendt falta el oxígeno para la libertad. El presupuesto de la libertad es la autonomía de la necesidad. No es suficiente, por lo tanto, que nadie sea pobre (que todos vivan por encima del umbral de bienestar que la mayoría aceptaría para sí como civilizado). Mientras la existencia esté dominada por la emulación consumista, es decir por la necesidad social de la primacía del dinero y de las “cosas”, las condiciones de la libertad están en peligro. El celo por la igualdad es el otro nombre del amor por la libertad.

TESIS 7 Hannah Arendt nunca achacó la responsabilidad del totalitarismo a una filosofía. A ninguna filosofía. Por otra parte, siempre fue consciente del ridículo delirio que representa la pretensión de demasiados filósofos de que la filosofía sea un poder que determina el sentido y el carácter de las épocas. Puede que también por eso rechazara la etiqueta de filósofo.

 Ninguna filosofía, en suma, ha preparado, y menos aún “causado”, el totalitarismo. Pero hay, para Hannah, ideas que predisponen a no resistirse, en el caso de que el lado oscuro de Occidente, por contingencias imprevisibles, cristalice y precipite en totalitarismo. Ideas que hacen más fácil justificar la resignación frente al hecho consumado, o incluso acompañar su maduración y racionalizar la adhesión a él. En primer lugar, el “realismo político”, es decir toda la tradición del pensamiento occidental (al que si acaso, según Hannah, Maquiavelo es uno de los pocos que consigue sustraerse). El realismo político está, para Hannah Arendt, estructuralmente ligado a la lógica de la fabricación, que excluye la libertad ya que vincula las conductas humanas (en tanto que medios) a la necesidad técnica. Pero sobre todo la metafísica, en todas sus variantes y disfraces. La metafísica en cuanto fascinación por el Uno, en cuanto pulsión filosófica a la hipóstasis, que siente horror por lo finito, por la pluralidad, por la imprevisibilidad, por la contingencia, y se dedica a exorcizarlas en las catedrales de la Necesidad o del Destino y de otras Mayúsculas, sucedáneos de Dios.

Sólo el desencanto puede salvarnos, parece ser el testamento de Hannah Arendt que se lee en filigrana en toda su obra. Un desencanto riguroso, llevado hasta sus extremas e ineludibles consecuencias.

TESIS 8 La existencia, y por tanto la historia, es para Hannah Arendt pluralidad, contingencia e imprevisibilidad. Ni el cosmos, ni la historia, ni el mono desnudo que es cada uno de nosotros están dotados de cromosomas morales. No existe una naturaleza humana sino una condición humana, que obliga al hombre a crearse una norma, utensilio más irrenunciable que la punta de sílex, que el fuego, que la rueda, para sustituir la perdida vigencia del instinto.

Una norma cualquiera, con tal de que funcione. Pero la libertad como autonomía, que puede producirse sólo en la pluralidad simétrica de la acción, excluye que la norma pueda ser dictada desde Arriba y desde Otro. O que se la haga pasar por Razón, Naturaleza, Destino, y otras mayúsculas de la arrogancia metafísica. Exige que el hombre, es decir, la pluralidad simétrica de los ciudadanos, sea reconocido como el creador y el propietario de la norma. Al hombre que desea ser libre se le priva de la consolación de la heteronomía, de la seguridad de un sentido-ya-dado de su estar-en-el-mundo. La libertad es también el riesgo de un desierto del sentido.

 Por ello la democracia, si quiere ser el régimen de las libertades, no puede ser un mero procedimiento, debe ser el horizonte donde a cada uno le resulte efectivamente posible encontrar un sentido en la igualdad de una acción, de un estar-juntos que exalte cada una de las singularidades. No es una casualidad, y no puede ser retórica, el derecho inalienable a la búsqueda de la felicidad.

 Una democracia que en la cotidianeidad del gobierno deshonra esa solemne promesa se pone a sí misma en riesgo, ya que empuja al ciudadano a buscar un sentido en otra parte: en premodernas (o postmodernas) obediencias de pertenencia, y en última instancia en los bienes-refugio (de sentido) por excelencia: fe, sangre y tierra.

TESIS 9 La identidad es la otra cara del sentido, pertenecen a la misma necesidad existencial. Si la democracia no las garantiza a todo el mundo en la ciudadanía, irán a buscarlas en otra parte contra el espíritu republicano.

 Es decir: o el ciudadano consigue experimentar cotidianamente su libertad como autonomía, como poder compartido e igual, o bien la ciudadanía se disgrega en un caleidoscopio de identidades, cada una de las cuales será lugar de asimetría y de falta de libertad, por serlo de obediencia a alguna lógica del Uno (incluso en las formas suaves de la identidad de cultura negra, feminista, homosexual: por no hablar de las identidades religiosas). La identidad parcial no es esqueleto y componente de la democracia, sino amenaza. No es casual que las categorías de lo políticamente correcto resulten totalmente ajenas al pensamiento de Hannah Arendt, cuyo radicalismo ha pensado la diferencia única y polémicamente en la forma de una existencia irrepetible y singular.

 La huida hacia identidades/pertenencias nace de las promesas desatendidas de la democracia. Por tanto, los ideales de la democracia –simetría en el ser-escuchado, compromiso contra el conformismo, atención hacia la igualdad social y cultural– tienen que ser una meta hacia la que avance sin desfallecer todo gobierno que no quiera poner en peligro la libertad.

 Porque la libertad como autonomía no puede constituir un momento virtual de la existencia. Hannah Arendt se contradice por tanto cuando limita la acción –y con ello la posibilidad de una existencia auténtica– a algunos momentos excepcionales, en algunos de entre todos los episodios revolucionarios. Que la mayoría de los hombres puede que no experimente jamás.

 La banalidad de lo cotidiano reproduciría entonces como un calco el “se” impersonal heideggeriano, del que “sólo un Dios nos podría salvar”, incluso si ese Dios asume los rasgos concretos y entusiasmantes –pero efímeros– de los “consejos obreros”. Si el conformismo del “se” impersonal es la condición media e irredimible del hombre, todas las formas de ordenación política acaban siendo niveladas en esa “equivalencia metafísica” que permitió a Heidegger las más arriesgadas y apologéticas justificaciones (póstumas y preventivas) de cualquier “traición de los clérigos”. He ahí por qué la modesta pero intransigente acción reformadora –en pro de la igualdad libertad/poder, en pro de la simetría en ser-escuchados, en favor de la promoción institucional de la disensión– debe convertirse en el tema central de una reflexión (y de una práctica) que metabolice cumplidamente el análisis de Hannah Arendt sobre el riesgo totalitario que toda democracia lleva en su seno.

 TESIS 10 El pensamiento de Hannah Arendt constituye una crítica anticipada de todas las derivas hermenéuticas post-heideggerianas, hoy hegemónicas en la filosofía. Para Hannah Arendt, el celo intransigente por “la humilde verdad de los hechos” es una tarea filosófica y política primaria e irrenunciable. Es todo uno con la posibilidad de la libertad –en contra del totalitarismo que planea aniquilar tanto la libertad como la verdad de los hechos–. Por tanto, la voluntad de destrucción filosófica de los hechos, que se manifiesta en la afirmación de la hermenéutica “no hay hechos, sólo interpretación”, aunque no produzca totalitarismo (según Hannah ninguna filosofía tiene ese poder) delata el carácter metafísico, es más, hipermetafísico, de dichas filosofías.

 Cabe decir lo mismo por lo que se refiere a la obsesión antiuniversalista, que ha empujado a las filosofías hermenéuticas a interpretar el radicalismo antimetafísico de Hannah Arendt como algo análogo a su propia pulsión, que sospecha que detrás de todo universalismo se esconde el varónblanco-cristiano-heterosexual. Y sin embargo, por lo menos un universalismo es irrenunciable para Hannah: la posibilidad para todos-y-cada-uno de atreverse, en la igualdad del espacio público, a la autenticidad de la existencia.

Que a todos (¡universalismo!) los seres humanos les corresponde dicha posibilidad, y que todos (¡universalismo!) los gobiernos deben respetar los múltiples y onerosos derechos civiles que constituyen su presupuesto, es algo que sólo puede revocarse en la duda por la restauración metafísica y/o religiosa de un eteros nomos que únicamente hay que obedecer.

 Por lo demás, para Hannah “la comprensión (...) es un proceso complejo que no produce nunca resultados inequívocos”, en contraposición con el conocimiento científico, que evidentemente llega a conclusiones. El sujeto neutro universal es, por tanto, el único adecuado en la ciencia empírica (o en la lógica, o en las matemáticas), y no hace hipóstasis de ningún varón blanco, etc., sino que representa únicamente el texto taquigráfico filosófico para algunas de las capacidades cognitivas de nuestro cerebro.

 TESIS 11 La filosofía no puede limitarse a interpretar el mundo porque está en-el-mundo. Cree equivocadamente que puede sólo interpretarlo. La filosofía no produce ni tampoco define las épocas del mundo, pero no es inocente ante él, porque ya está siempre en-el-mundo.

 Pensando en-el-mundo –ese mundo que es hoy más que nunca el nuestro– el totalitarismo como exceso omnipropagador del eclipse de la política (entendida como autonomía en la acción simétricamente condividida), pensando en el abismo que separa las democracias realmente existentes del ideal de la democracia como índice de riesgo de un totalitarismo posible, Hannah Arendt no sólo pensó el problema político del futuro en que ya nos encontramos, sino que nos propone, en contra de toda metafísica sea cual sea su disfraz, una decisión crítico-racional para una filosofía de lo finito.

 Una filosofía que tenga bien presente el desencanto, o sea el adiós a cualquier Autor de la norma que no sean los propios hombres. Que sostenga la contingencia, es decir, el azar y la libertad, como trama y tejido de la historia. Que sostenga la radical diferencia entre hechos y valores, entre la humilde verdad de los hechos (o los resultados inequívocos de las ciencias empírico-matemáticas) y cualquier hermenéutica de la “comprensión”. Que sostenga la política como libertad en la acción, que nos sustrae del conformismo de lo previsible y de la servidumbre voluntaria del replicante.

 Es el mejor antídoto que tenemos hoy a nuestra disposición contra el pensamiento único de occidente, la nueva santa alianza que oscila entre vulgata liberal, derivas identitarias, restauraciones oscurantistas de papas y otros fundamentalismos cristianos.

 La filosofía de Hannah Arendt es un existencialismo libertario. Una filosofía de lo finito rigurosa e intransigente dejada en herencia a nuestro futuro.

Fuente: CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA Nº 168 Traducción: Alejandro Pradera.

No hay comentarios: