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...EL MUNDO HA DE CAMBIAR DE BASE. LOS NADA DE HOY TODO HAN DE SER " ( La Internacional) _________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________

11/11/19

PUEBLOS,ESTADOS,.NACIONES 1/2




 Por Pierre Vilar (*)

(…) El nacimiento del estado moderno y sus relaciones con el fenómeno nación


En el período llamado “moderno”, transición entre la edad media en que la estructura feudal caracteriza a la sociedad, y el período llamado “contemporáneo” en que triunfa el capitalismo industrial, se precisan dos fenómenos -que no carecen de relación entre sí-: el ascenso de capitalismo comercial en la economía y el fortalecimiento del estado en algunos territorios europeos que pasan sucesivamente a primer plano debido al crecimiento económico de los países modernos: España y Portugal, Francia, Inglaterra, Países Bajos, con la afirmación progresiva de solidaridades “nacionales”.



Estado-nación y Renacimiento. Hemos indicado ya de qué manera los modelos antiguos, y especialmente el romano ofrecían a la Francia del siglo XVI (Maquiavelo hubiese querido poder decir a “Italia”) un vocabulario, una literatura, una concepción jurídica (escuelas de derecho escrito), pero al mismo tiempo le inspiraban el deseo de expresarse en su propia lengua (Défense et Illustration de la Langue française de Du Bellay, “Ordonnance” de Villers-Cotterets, que obligaba a redactar en francés los documentos públicos); la lengua se convertía en el signo de la unidad política, tras haberlo sido de una vaga comunidad de “nación”.

Estado-nación y Reforma. La Reforma iba en el mismo sentido. La religión abandonaba el latín a favor de las lenguas llamadas hasta entonces “vulgares”. Lutero es considerado tradicionalmente como uno de los grandes antepasados de la “nación” alemana. Sin embargo, en Alemania, este signo tardará mucho en coincidir con un estado. Pero el principio “cuius regio, eius religio” reforzará la idea de que los súbditos de un mismo príncipe deben formar una comunidad uniforme.

Estado-nación y economía: el mercantilismo. Uno de los principales símbolos -y quizás el más eficaz- de la unidad del estado moderno es la unificación de las monedas, que en Francia se realizó contra las monedas señoriales existentes, a principios del siglo XVI.
De hecho se había practicado una política económica razonada pero espontáneamente elaborada en Francia bajo Luis XI (1461-1483), en España bajo los Reyes Católicos (1469-1479 hasta 1505-1516), en Portugal bajo la dinastía de Avis, en Inglaterra bajo los Tudor. Control de las minas, miles de reglamentos industriales, privilegios a la marina, son muchas las tendencias comunes de los jóvenes “estados”, que de esta manera refuerzan y unifican los intereses sobre el territorio que gobiernan, los cuales, por otra parte, son su primera fuente de inspiración.

El “mercantilismo” no es la teoría sino la justificación intelectual de una práctica: el estado se asimila al príncipe, y la nación al estado. La palabra “nación” no se pronuncia todavía con un nuevo sentido, o rara vez. Pero se insiste mucho sobre la solidaridad de intereses entre los súbditos de un príncipe, y entre el príncipe y los súbditos. Podemos seguir el paso de la concepción económica “mercantilismo” (“acrecentar”, “aumentar” la riqueza del grupo defendiéndose y en caso de necesidad mostrándose agresivo frente a intereses extranjeros) a la concepción política ya “nacionalista” (antes de hora) a través de una serie de escritos farragosos pero llenos de sentido: en el caso de España, en los “arbitristas” (siglos XVI y XVII) que lloran la decadencia de su país (ellos dicen “nuestra España”) y proponen soluciones; en el caso de Europa central, en los “cameralistas”, consejeros de los príncipes, donde se encuentran fórmulas como “Österreich über alles, wann es nur will” (“Austria por encima de todo, en el caso de que ella quiera”); y finalmente, en el caso de Inglaterra, en el siglo XVII, en los teóricos como Thomas Mun (La riqueza de Inglaterra por el comercio exterior); este último, en su prefacio, recomienda a su hijo la piedad, y después
la Política, es decir, cómo amar y servir a la Patria, instruyéndote en los deberes y conducta de varias profesiones, que a veces dirigen, a veces ejecutan los negocios de la república; en la cual, algunas cosas tienden especialmente a conservarla y otras a engrandecerla … y en primer lugar expondré algo acerca del comerciante, porque este debe ser el agente principal de esa gran empresa.

El siglo XVII demuestra ya que una burguesía mercantil puede asumir políticamente la responsabilidad de un estado, y levantar a toda una población contra un poder extranjero: esta es la historia de las “Provincias Unidas” o Países Bajos protestantes, que se liberan, tras una larga lucha, de la soberanía española. Es evidente que no se trata de la primera manifestación de un “sentimiento nacional” que se lanza eficazmente contra un poder extranjero (cf. Francia, la guerra de los Cien años), pero es la primera guerra nacional que culmina con la formación de un estado nacional.

El segundo ejemplo es, por así decirlo, inverso, pero confirma la misma correlación. Es el de Francia en el siglo XVIII: la burguesía enriquecida, la nobleza levantisca, la elite intelectual de la Francia “de las luces” del reinado de Luis XV, son fácilmente “cosmopolitas”, anglófilos, mientras los ambientes provinciales, incluso populares, son fácilmente particularistas, recuerdan las antiguas “libertades”, las antiguas “naciones” (Bearn, Comté, Provenza…); se trata de manifestaciones de descontento, de oposición al sistema político: Pero de repente, en vísperas de 1789, la palabra “patriota” toma el significado de “amigo del bien público”, y la palabra “nación” el del conjunto de súbditos por oposición a la monarquía o a las pequeñas minorías privilegiadas. La revolución crea de entrada la “Asamblea nacional”, la “Guardia nacional”; Bailly contesta al enviado del rey: “La Nación reunida no puede recibir órdenes”; y cuando la invasión extranjera amenaza las conquistas de la Revolución, la batalla de Valmy se gana al grito de “¡Viva la Nación!”.

Donde se demuestra la intuición de Voltaire, que había escrito: “Un republicano se siente siempre más ligado a su patria que un súbdito, puesto que se ama más el bien propio que el del amo”.

Está claro que no dejaba de ser una ilusión, por parte del hombre del pueblo, del sans-culotte de 1793, creer que había conquistado realmente la patria francesa como un “bien” suyo. Los sistemas censitarios, la administración napoleónica, todo el juego del régimen económico, mostrarán a las claras que, en realidad, la comunidad nacional y el sistema de estado creados por la Revolución francesa pasaban a las manos de una nueva clase social y no a las de todo el pueblo. Sin embargo, los campesinos franceses, liberados de las numerosas cargas feudales y fiscales, y beneficiarios muchos de ellos de la redistribución de la propiedad, habían sentido muy profundamente que la amenaza extranjera era, al mismo tiempo, una amenaza sobre sus conquistas sociales. En 1814 tuvieron mucho miedo de que la derrota de Francia pudiera propiciar un retorno de los nobles y de sus derechos. Así se constituyó, durante la Revolución francesa, una asimilación entre defensa de la Patria y defensa de la Revolución, entre la idea de “nación” y la idea de gobierno salidos de “la voluntad del pueblo”. Ello explica que, durante el siglo XIX, no siempre, pero en la mayoría de los casos, la idea “nacional” sea una idea ligada a las nociones de libertad e igualdad, una idea popular, sospechosa para los conservadores, para los hombres del antiguo régimen.

i Algunas de mis investigaciones sobre estas fluctuaciones del vocabulario histórico respecto a los grupos están condensadas en mi obra Cataluña en la España Moderna (Barcelona, 1978), tomo I, prefacio, epig. 5 “Historia y sociología ante el fenómeno nación”, pp. 36-49. Cf. en la misma obra, pp. 96-102 y (sobre la noción de “frontera”) pp. 112-116.
(*)Fuente: Pierre Vilar. Iniciación al vocabulario del análisis histórico. 1980




Pueblos, naciones, estados I /2

El siglo XIX: la fase “nacionalitaria”
En efecto, durante y después de la Revolución francesa, un doble movimiento sacudió Europa y, dentro de ciertos límites, al mundo: Francia, tras haberse defendido de una reacción política impuesta desde el exterior, invade militarmente gran parte de Europa e introduce allí reformas socialmente progresivas; pero la opresión militar que impone provoca una lucha a menudo ambigua, porque sus impulsores son simultáneamente: 1) los partidarios del antiguo régimen, 2) las capas sociales que tienen interés en oponer a los franceses sus propios principios, 3) los combatientes populares espontáneos que a sus razones cotidianas de odiar al invasor suman a veces un sentimiento religioso, tradicionalista, comunitario, antiliberal, y a veces un sentimiento revolucionario.
Sobre estos diversos puntos se pueden consultar las comunicaciones de un coloquio celebrado en Bruselas en 1968, en el Instituto de Sociología, sobre el tema Occupants et occupés, 1794-1815.
Este libro muestra los vínculos (o las contradicciones) entre las reacciones de grupo y las reacciones de clase frente a las invasiones francesas, primero revolucionaria y después napoleónica. A niveles muy distintos, vemos cómo se alían al ocupante francés o cómo se coaligan en contra de él grupos burgueses en busca de un nuevo poder social, políticos reformistas, fuerzas del antiguo régimen, “guerrillas” populares que en según qué ocasiones recuerdan a los ejércitos revolucionarios y en según cuáles a la Vendée. Subrayaré dos ejemplos:
En Prusia, hombres como Stein, Hardenberg, Gneisenau vieron con extrema claridad que era posible hacer volver contra Napoleón y contra Francia los principios mismos de su revolución; iniciaron reformas “desde arriba” (“von oben”), contra la servidumbre, contra los derechos indirectos; los burgueses deseaban (como escribe uno de ellos en 1807) que “todos los ciudadanos y habitantes del Estado deben poder aspirar por igual a los mismos derechos, deben ser únicamente los miembros de un gran todo, y no deben hacer valer más ventajas que las adquiridas por conocimientos más elevados y por el mérito propio y verdadero”.
Pero los nobles rurales prusianos eran muy conscientes del peligro de una tal concepción del “todo” nacional. Uno de ellos exclamaba: “Nation, das klingt jakobinisch”, “Nación, esto suena jacobino”. Y otro, el chambelán Von Reck, “hubiera preferido perder otras tres batallas de Auerstaedt antes que aceptar el edicto del 9 de octubre de 1807 que abolió la servidumbre y el privilegio de la nobleza sobre la propiedad de la tierra”. Son este tipo de frases las que permiten entender las relaciones entre las posiciones de clase y la idea de nación surgida en 1789.
Pero aquí cabe introducir otro matiz: la noción alemana de nacionalidad que exaltaron entonces las obras de Herder y de Fichte no correspondía en absoluto a la noción francesa de “voluntad general” claramente expresada en una especie de contrato, sino por el contrario a un vago sentimiento de pertenencia a un “pueblo” -el Volksgeist-, herencia de la raza, de la lengua, de la historia, fundamento de una “comunidad” (Gemeinschaft) y no de una sociedad (Gesellshaft ), dirá más tarde el filósofo Tönnies. Este aspecto romántico de los valores nacionales jugará, por otra parte, un papel importante en el siglo XIX (y no solo en Alemania) con la aparición de los “nacionalismos” que deificarán a la comunidad.
Segundo ejemplo: España. En la lucha contra Napoleón, el conflicto es especialmente complejo y contradictorio; Napoleón aparece ante los ojos de algunos tradicionalistas como el Anticristo ateo, pero algunos conservadores habían creído ver en él al restaurador de la religión y del orden; algunos reformadores de la España del siglo XVIII pensaban que Napoleón modernizaría España como habían deseado los ministros del “despotismo ilustrado”; pero los espíritus más revolucionarios veían en él al confiscador de las libertades de 1789. Finalmente, los “colaboracionistas” -los afrancesados- fueron pocos; unas Cortes, en Cádiz, votaron unas leyes muy directamente inspiradas en la Revolución francesa; pero entre los guerrilleros campesinos, la gran mayoría luchaba por la tradición, la religión, las costumbres comunitarias poco compatibles con el liberalismo económico; cuando regresó el rey exiliado fue aclamado a la vez por ese pueblo tradicionalista y por la aristocracia del antiguo régimen; al suprimir la obra de las Cortes, desterró de España toad “revolución burguesa”. El resultado, un siglo más tarde, será esta curiosa paradoja: España, que, entre 1808 y 1814, había dado pruebas de una unidad y de un vigor nacional excepcionales, vería cómo unas regiones nostálgicas de la revolución burguesa (Cataluña, País Vasco) se despegan de una de las “naciones” más antiguas de Europa. Las viejas “nacionalidades provinciales” resucitarán y querrán transformarse en “estados”.
Podemos relacionar esta historia con el caso de las “naciones” de la América española: unas minorías, aristocráticas o burguesas, aprovecharon, en las diversas unidades administrativas del imperio americano español, el episodio napoleónico para declararse independientes e imponer la independencia con las armas, a imitación de los Estados Unidos y con el apoyo inglés. Cabe subrayar que no consiguieron, a pesar del deseo y del genio de Bolívar, una “nación hispanoamericana” única; como en el caso actual de las colonias liberadas de África negra, calcaron sus fronteras sobre las divisiones administrativas coloniales existentes. Y la causa estriba en que el personal político que perseguía un poder concreto, no podía conseguirlo dentro de marcos excesivamente amplios. En cuanto a las capas populares, hacía siglos que estaban explotadas a la vez por la aristocracia criolla y por la administración colonial española. Según los momentos, según las ventajas que les otorgaron (y que fueron muy escasas), o las represiones que les alcanzaron, las masas populares tomaron parte en el movimiento de independencia -México-, no se movieron (Perú), o combatieron al lado de los españoles (“llaneros” de Venezuela). De hecho, era difícil que las masas indias y negras se sintieran parte integrante de una comunidad con unas minorías que a menudo las rechazaban. Habrá que esperar hasta muy tarde (1868 en Cuba, a menudo hasta el siglo XX) para que los movimientos de masas se incorporen a unos nacionalismos justificados por otros imperialismos extranjeros. Y, sin embargo, es curioso observar que el nacionalismo, el patriotismo, la exaltación hasta el fetichismo de los héroes de la Independencia (culto a Bolívar) parecen haber sido tanto más violentos en las ideologías políticas hispanoamericanas cuanto más estrechas eran las bases de las comunidades (el culto de la “patria” se convirtió en una incumbencia de las “clases políticas” e intelectuales, sin poder penetrar ampliamente en las masas aisladas, desde el punto de vista étnico y lingüístico, y analfabetas).
La Europa del siglo XIX está dominada, históricamente, por el “problema de las nacionalidades”. El tema es bien conocido. ¿Cómo podemos definir mejor esos términos, “nacionalidad”, “nación”?
Como ya hemos dicho, la idea de “nación”, ligada a los principios de la Revolución francesa (en particular al de la “voluntad nacional”), es una idea “progresista” para los hombres del siglo XIX. La expresión “nacionalitaria” podría ser adecuada para calificar esta dominante, por otra parte más sentimental que teórica. El “derecho de los pueblos a disponer de sí mismos” forma parte del bagaje ideológico “de izquierdas”, incluso del anarquizante. Por el contrario, las potencias del antiguo régimen y los temperamentos autoritarios se inquietan ante los trastornos revolucionarios que implicarían una remodelación de Europa según el “principio de las nacionalidades”. La Inglaterra liberal o el “nacionalitario” Napoleón III no apoyan sino dentro de ciertos límites los avances de la liberación, que han coincidido siempre con las grandes crisis revolucionarias (1830, 1848).
Grosso modo, las clases dirigentes son bastante favorables a las nacionalidades que sacuden el yugo turco (Grecia, Bulgaria, etc.), muestran a la vez admiración y preocupación ante la marcha de la unidad italiana y de la unidad alemana y, finalmente, no se atreven, o caso, a apoyar a las nacionalidades que podrían amenazar a las grandes potencias rusa, prusiana y austríaca, y se distancian en particular de Polonia, que afectaría a las tres a la vez. Pero a los republicanos, a los revolucionarios, intelectuales u obreros, les gusta gritar “¡viva Polonia!”.
En los casos de Alemania e Italia son a la vez clases y regiones particularmente activas las que toman la iniciativa de la unidad: Prusia y Piamonte. Nada se parece tanto a la coalición de políticos, intelectuales y hombres de negocios que, después de 1945, intentan crear el mercado europeo y, a ser posible, la Europa supranacional, como la coalición del mismo tipo que, entre los años 1820 y 1870, trabajó en pro de la unidad alemana. EL mercado común alemán se creó bajo la forma de Unión aduanera, el Zollverein. Renan, en su intento de subrayar los caracteres intelectuales y morales del factor “nación”, escribió un día: “una nación no es un Zollverein”; pero el poeta popular alemán Von Fallersleben, para subrayar, por el contrario, el papel del Zollverein, dijo en unos graciosos versos que el jabón, las cerillas y otras mercancías sin importancia habían hecho más por la patria alemana que todos los teóricos.
Vale la pena conocer algunos textos característicos de la vinculación entre idea nacional e idea industrial:
En el Congreso de los economistas alemanes de 1862:
“Ya es hora de que los industriales alemanes actúen en el sentido de la resurrección nacional de la patria, hacia la que convergen hoy en día todas las fuerzas, a fin de que el trabajo nacional llegue a ser reconocido en todos los gabinetes y en todas las cámaras, en toda la prensa y entre el pueblo como uno de los pilares básicos de nuestra vida nacional. Su propio interés y el interés de la patria son, en último término, idénticos.”
“Incumbe a la industria, a medida que crece, una significación política en el seno de una nación que intenta pasar del estado de confederación (Staatenbund) al estado federativo (Bundesstaat) de carácter nacional. Pocos son los vínculos económicos que traban entre ellas las diversas regiones de Alemania, si dejamos aparte los vínculos industriales. A medida que aquí se han ido fundando grandes sociedades, a medida que los intereses materiales se han ido haciendo más variados, toda la política ha tomado un cariz más realista. Han sido los intereses de la industria los que han dado a la forma vacía del Zollverein su contenido material. Si Alemania no hubiera entrado en la vida industrial, aún no habríamos superado la fase lamentable de la división interior.”
Algunos años antes, Friedrich List había expuesto la teoría del “sistema nacional de economía”; veamos algunos fragmentos:
Pero entre el individuo y el género humano existe la nación, con su lenguaje popular y su literatura, con su origen y su historia propios, con sus costumbres y sus hábitos, sus leyes y sus instituciones, con sus pretensiones a la existencia, a la independencia, al progreso, a la duración, y con su territorio separado; asociación que se ha convertido, por la solidaridad de las inteligencias y de los intereses, en un todo existente por sí mismo, que reconoce en su seno la autoridad de la ley, pero que mantiene su libertad natural frente a las demás sociedades parecidas, y que, por consiguiente, en el estado actual del mundo, solo puede mantener su independencia a través de sus propias fuerzas y de sus recursos particulares.
Y también:
“La Escuela (librecambista) ha llegado a resultados tan absurdos porque, a despecho de los nombres que ha dado a su ciencia, ha excluido por completo de ella la política ignorando totalmente la nacionalidad, y sin tener en cuenta para nada los efectos de la guerra sobre el comercio entre distintas naciones.”
“El poderío político no solo garantiza a la nación el crecimiento de su prosperidad mediante el comercio exterior y las colonias; le asegura, además, la posesión de esta prosperidad y de su existencia nacional, que es infinitamente más importante que la riqueza material; a través de la Ley de Navegación, Inglaterra se ha convertido en una potencia política, y mediante esta potencia política ha sido capaz de extender su superioridad manufacturera sobre todos los pueblos. Pero Polonia ha sido borrada de la lista de las naciones por no poseer una burguesía vigorosa que solo hubiera podido surgir con una industria manufacturera.”
“El comercio exterior solo puede ser importante allí donde la industria nacional ha llegado a un alto grado de desarrollo…”
“En una época en que la actividad y la mecánica ejercen una influencia tan importante sobre la marcha de la guerra, en que todas las operaciones militares dependen hasta un tal punto de la situación del tesoro público, en que la defensa del país está más o menos asegurada según si la masa del país es rica o pobre, enérgica o sumida en la apatía, según si sus simpatías se vuelcan sin reservas hacia la patria o se orientan en parte hacia el extranjero, según si es posible armar a más o menos soldados, en una época así, más que nunca, las manufacturas deben ser consideradas desde un punto de vista político.”
Aquí se proclama, pues, la vinculación entre industria, burguesía y nación. Se dirá que la unidad alemana se consiguió también a través de las victorias militares, bajo la dirección de Bismarck y de un estado mayor de vieja aristocracia. No es contradictorio. Y en ello estriba la originalidad de la potencia alemana. En lugar de combatirse, las dos clases dirigentes (antiguas clases feudales y nueva burguesía) se repartieron el trabajo. La eficacia fue grande. Pero el autoritarismo y la altivez militares, la “refeudalización” de la sociedad, confirieron al nacionalismo alemán una agresividad que, en último término, le fue perjudicial. Lo mismo podría decirse del Japón. Estos dos casos han hecho decir al economista americano Rostow que el nacionalismo ha sido un gran factor en el “despegue” económico capitalista (take off). La proposición podría invertirse: el nacionalismo burgués nace del “despegue” (cf. los textos de List). Digamos que ambos fenómenos están estrechamente ligados.
El apogeo de los “nacionalismos” y la aparición del “imperialismo”: crisis y controversias en 1905-1913
Entre 1871 y 1914, la ideología “nacionalitaria” del siglo XIX se transforma rápidamente en “nacionalismo”, entendiéndose con ello una doctrina que considera la nación como el hecho fundamental y la finalidad suprema, a cuyo interés el individuo debe subordinarse e incluso sacrificarse y ante el cual, en principio, deben desaparecer los intereses de grupo y los intereses de clase. Esta fórmula exaltada se predica tanto entre los grupos nacionales que aspiran a la independencia -es decir, al estado- como entre las antiguas naciones-estado o recientemente unificadas: Inglaterra imbuida de su superioridad, Francia humillada por su derrota de 1870, España humillada por la suya de 1898, Italia poco satisfecha del papel que se le reserva, Alemania convencida de su destino mundial.
Es, en verdad, el momento en que, una vez constituidos y saturados los mercados nacionales, las rivalidades se manifiestan de pronto con más brutalidad en el reparto comercial y colonial del mundo; es el fenómeno del imperialismo, proclamado y bautizado por los teóricos de la expansión, Chamberlain, Roosevelt, Guillermo II, Jules Ferry en Francia, Rosa Luxemburg, Lenin. Pero tanto esta palabra como este fenómeno merecerán una próxima lección.
De momento, detengámonos un poco más sobre los hechos nación nacionalismo que, precisamente, fueron vivamente discutidos y quedaron finalmente mejor definidosi en el curso de las tensiones y controversias que precedieron al estallido de 1914.
El caso francés es, en principio, bien conocido, pero no siempre está bien analizado. Con razón se ha subrayado el viraje, especialmente sensible tras el affaire Dreyfus, que convierte la exaltación de la nación, de la patria, del ejército, en una actitud “de derechas”, no solo conservadora sino también vinculada a las nostalgias monárquicas (Maurras) o dictatoriales. Tal es, en efecto, el “nacionalismo” proclamado (“nacionalismo integral”, dice Acción Francesa).ii También es cierto que en esos años 1890-1913, el movimiento obrero revolucionario (anarquismo, sindicalismo, algunas corrientes del socialismo) se caracteriza no solo por su internacionalismo, sino por un antimilitarismo e incluso un antipatriotismo violentos; por otra parte, con el affaire Dreyfus, y debido al carácter antirrepublicano de los nacionalismos, desconfían de las “ligas patrióticas” y de los cuerpos de oficiales.
Sin embargo, es más importante tener en cuenta (sobre todo para entender el impulso unánime de 1914) que tanto la doctrina oficial de la República como la masa de los franceses conservan, procedente del siglo XIX, la noción de patriotismo como deber sagrado, vinculado a la tradición republicana, a los principios de 1789, etc. Toda la educación impartida por la escuela pública estaba orientada en este sentido.iii Y lo mismo cabe decir de la ideología universitaria. E incluso la teoría sociológica (Durkheim). Si Péguy, en vísperas de 1914, pasa del socialismo al nacionalismo, no debemos creer que Jaurès, a pesar de su internacionalismo y de sus esfuerzos contra la guerra, niegue la existencia del hecho nacional o la necesidad de la “defensa nacional”. Su libro L’Armée nouvelle (1911) intenta elaborar la teoría de una “nación armada”, que reclute sus oficiales entre las capas populares (o medias); según él, el socialismo debe mostrarse
dispuesto a asegurar el pleno funcionamiento de un sistema armado verdaderamente popular y defensivo … será entonces cuando podrá desafiar la calumnia puesto que se darán en él, junto con la fuerza acumulada de la patria histórica, la fuerza ideal de la patria nueva, la humanidad del trabajo y del derecho.
Jaurès abriga incluso la esperanza de convencer a los oficiales mediante la eficacia de un ejército “organizado sin ninguna preocupación de clase o de casta, sin ora preocupación que la defensa nacional propiamente dicha”.
El problema consiste en saber si, en una sociedad de clases, un ejército puede organizarse sin estas “preocupaciones”. Veremos cómo Lenin subordina la noción de “pueblo armado” a la de revolución.
Las controversias en torno al problema nación-revolución en Europa central y oriental
A diferencia de Europa occidental, constituida en sólidos estados-naciones, núcleos de los imperialismos mundiales, sin graves problemas de minorías nacionales (excepto en Irlanda), y en donde las luchas de clase no llegan a minar los potentes nacionalismos de hecho, la Europa central y oriental está organizada en imperios multinacionales de naturaleza y origen diversos: imperio turco, imperio austro-húngaro, imperio ruso. Las pretensiones de estos imperios no son las mismas en política internacional, pero los tres están desgarrados por movimientos internos de carácter nacional, que tienden a independencias de grupo (polacos, checos, croatas, albaneses, etc.).
En estos territorios, el autoritarismo del estado está ligado, al mismo tiempo, a la supremacía de un grupo nacional y a una estructura de clase retrasada respecto al desarrollo moderno: autocracias, restos de feudalismo. Los movimientos nacionales internos que se enfrentan con la supremacía del grupo dominante pueden quedar englobados o bien por unas clases dirigentes más evolucionadas, más ligadas a intereses de tipo burgués, o bien por las aspiraciones agrarias u obreras, por capas socialmente (y no solo políticamente) revolucionarias. El problema, pues, se plantea de la manera siguiente: ¿de qué forma se combinarán, en un momento dado, en torno a los “movimientos nacionales”, las formas de revolución burguesa propias del siglo XIX y las tentativas revolucionarias que implican al campesinado y al proletariado? Las diversas corrientes de pensamiento y de táctica revolucionaria, en sus intentos de responder a esta cuestión, han multiplicado las controversias. ¿Deben apoyarse los movimientos nacionales? ¿Hay que aliarse con los partidos nacionales burgueses? ¿Cómo evitar las contaminaciones ideológicas o sentimentales, pequeño-burguesas o “chauvinistas”?
Los más célebres participantes en esta controversia fueron Rosa Luxemburg, Otto Bauer (con Karl Renner), Lenin y Stalin. Su papel histórico posterior justifica un estudio serio de sus posiciones. Debe tenerse en cuenta que es muy probable que su situación en Europa central y oriental les haya hecho subestimar el carácter masivo de los bloques psicológicos nacionales constituidos en occidente.


i Cf. en el Congreso de las Ciencias Históricas de Viena (1965), el comunicado del profesor Kohn y su larga discusión en las Actas del Congreso.
ii Cf. Le nationalisme français, de Girardet.
iii Cf. los dos libros divertidos e instructivos de Gaston Bonheur; Qui a cassé le vase de Soissons? y La République nous apelle.

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