Por ANTHONY GRAFTON (*)
¿Alguna vez fuimos modernos?
¿O filosóficos? o ilustrados? Hoy muchos empezamos a dudarlo, especialmentesi
vivimos en el lugar que se veía a sí mismo como el mejor fruto de la
Ilustración y la modernidad: los Estados Unidos de América. Con presidentes que
buscan una guía divina, científicos que atacan la evolución y gobiernos que
destinan fondos públicos a asociaciones de caridad sectarias, es cada vez más
difícil reconocer en nuestra vida pública aquella república que crearon
Franklin y Jefferson; al mismo tiempo, la cultura popular está transformando a
algunos de los alegres filósofos, padres de nuestra bella nación, en
inverosímiles caballeros, cristianos y muy devotos. También en las
universidades, aunque de forma distinta, la modernidad y la Ilustración ahora
son insultos técnicos: constituyen un código para referirse a las enormes
prisiones estilo Piranesi que hoy habitamos o al Estado vigilante que registra
nuestras conversaciones y conoce cada uno de nuestros movimientos (aunque,
tristemente, no lo suficiente como para prevenir que algunos de nosotros
ataquemos el orden cultural en el que estamos inmersos).


































